De hecho, no habrá caminatas largas el domingo por la noche. Agujetas en la mañana del Lunes Santo, mientras vamos a San Vicente. Con parada de rigor en cualquier bar del centro, para llegar el padre y el hijo, a la casa. Y ganarnos la primera bulla, que hemos almorzado, casi y mi madre con la comida en la mesa. Es abrir la caja de Pandora, que luego llega la segunda tanda con las míticas frases ¿te has probado ya el capirote?; las sandalias, te dije que te compraras unas sandalias nuevas; a ver, este esparto no es el tuyo... Madre no hay más que una, y la mía la mejor.
No voy a recordar esos tensos minutos en el taxi, hasta que nos dejan en Torneo. Luego toca caminar hasta la iglesia, en fila de a uno, aunque somos dos. Lo peor, ir esquivando los naranjos del barrio (benditos sean).
Luego, lo que pasa dentro y durante no es susceptible de ser contado aquí. Habrá gente que no lo entiende, habrá gente que no le guste. Habrá gente que llegue a acostumbrarse, porque todos somos humanos. Lo mejor de no estar en casa esta semana es valorar lo que se tiene.
Me perderé los huevos con chorizo a las tres y media de la mañana. Que después de una experiencia mística viene una terrenal.
El martes por la mañana descansando. Antes me iba a ver Los Estudiantes en la Universidad. Pero uno se hace mayor y tiene que cuidarse. Además, el Martes Santo es de esos días insuperables.
Del Miércoles, que también tiene lo suyo, me quedo con La Sed de recogida por mi barrio. Ahí es fácil encontrarse con todos, inclusos con los que no les gusta ver pasos. Familiares, amigos, desconocidos. Una de las cosas que más me gusta.
Jueves Santo es uno de esos días raros. Siempre voy a ver Pasión y después tiro para casa. Es una paliza porque luego me preparo para ir al Gran Poder. Pero aunque llegue cansado, siempre merece la pena. Termino de cenar y me subo a casa de mi tío. Que le hace más ilusión salir, incluso que a mí. Y nos vamos los tres, mi primo, mi tío y yo.
Madrugá. Con eso lo digo todo, aunque para mí todo se reduce cuando llegamos a San Lorenzo por la mañana. La plaza en silencio, salvo algunos pájaros que empiezan a cantar. Con una mezcla entre alegría y nostalgia. Otro año más. Espero que se cierren las puertas. Lo que sucede dentro ya queda para nosotros.
Y si no llueve... Viernes Santo. Suelo ver el Cachorro a la salida de la Catedral. Pero últimamente estoy de vago y me quedo en casa descansando. Que la semana ha sido dura y terminó muy bien como para estropearla.
Siempre igual, pero distinto. Cada año me voy encontrando gente por la calle, disfrutando de un lugar, de una nota. De un olor. No hace falta nada más para disfrutar, que las ganas de hacerlo.
En Navidad pude volver a casa. Pero esta semana sí que me va a costar más... Estaba por ponerme una túnica blanca de nazareno, pero me acordé que aquí no es plan. Que para los americanos un nazareno de Amargura puede ser un miembro del Ku-Klux-Klan. Así que vamos a de intentar evitar tentar a la suerte.
Menos mal que el miércoles llega María!!! Bendito sea el Spring-break que me da diez días de descanso para que pueda atenderla como se merece... De mientras seguiré estudiando y, de vez en cuando, conectándome a pasionensevilla.tv que retransmiten en directo por internet.
¡Un abrazo!
Este post va dedicado para mis amigos 'cofrades': Fran (siempre iría el primero en esta lista) y Rocío (la pobre mujer que siempre lo acompaña), Fernando, Toacho y María del Mar, Pablo, Edu, Pablo, Anabel, y tantos...
3 comentarios:
Paco, amigo mío, vivir la Semana Santa no la vas a vivir porque te va a faltar el frescor de la primavera sevillana mezclada con incienso y azahar, las patillas largas y los pavías a las cuatro de la tarde. Pero cuando termine esta semana, tendré un reportaje gráfico que no se lo salta un galgo, y te voy a dedicar una parte especial de Las Penas de San Vicente, para que las puedas recordar casi como si estuvieras aquí.
El año que viene, la coges con más ganas ;).
¡Un abrazo!
A las 20:53 del Lunes Santo, la sombra del palio se proyectaba sobre la reja y la cal de la última casa de la calle Cardenal Cisneros. Por unas horas, el vacío llenaba el hueco del anónimo nazareno ausente. Ese día, escribía Rafael Montesinos, la memoria escogía el camino más corto para herirte. Me acordé de tí en tu salida.
Un abrazo y disfruta con María.
Tu amigo Fran.
En la calle Castelar esta año no solo había cambiado la túnica del Señor de Sevilla, esta año faltaba un anónimo nazareno de alto capirote. Los he mirado a muchos a los ojos intentando encontrar esa mirada cómplice, pero era cierto que no estabas. He mirado sus manos y sus pies buscando algún signo conocido, aún creyendo poder encontrarte, y no estabas.
Uno a uno los he visto pasar y uno a uno me han recordado a tí.
Y no estabas.
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